Cuenta la tradición que San Agustín, paseando por un jardín, en uno de los momentos más caóticos de su vida, estaba completamente perdido. Confundido. Saturado. Con la cabeza como una lavadora en centrifugado.
Y entonces escuchó una voz infantil, como un susurro, que decía: Tolle lege.
Tolle lege significa literalmente en latín:"Toma y lee" y ¿qué hizo San Agustín? Pues eso… tomó un libro y leyó.
Ese libro era la Biblia y abrió un pasaje al azar (Romanos 13:13-14) y a partir de ahí, su vida cambió para siempre.
No por arte de magia.
Sino porque paró.
Y porque leyó.
Te cuento todo esto porque hace poco yo también decidí hacer algo poco habitual en los tiempos que corren: parar.
Me fui tres días a un monasterio de Agustinos, el Monasterio de La Vid, en Burgos.
Silencio. Paseos solo. Nada de reuniones. Nada de interrupciones. Nada de ruido mental ajeno… y tampoco propio (o al menos, menos).
Y allí, en las paredes del monasterio, en los pasillos, en los libros, incluso en la cafetería, aparecía una y otra vez la misma expresión: Tolle lege.
No fui a buscar iluminación divina.
Fui a ordenar mi hoja de ruta.
A ver hacia dónde voy.
A elegir mejor mis batallas.
A organizarme por dentro, que es la única organización que de verdad importa.
Y confirmé algo que ya intuía:
leer me calma,
leer me abre la cabeza,
leer me baja el estrés,
leer me coloca en mi sitio.
No te estoy diciendo que te vayas tres días a un monasterio en silencio (aunque oye, no es mala idea).
Pero sí te digo algo con total convicción:
Necesitamos parar más.
Necesitamos silencio.
Necesitamos leer.
Porque el mundo cada vez corre más rápido…
y nosotros no estamos hechos para vivir siempre en modo sprint.
Leer es volver a la esencia.
Es pensar mejor.
Es pensar distinto.
Es crecer.
Así que te propongo algo muy sencillo:
búscate tu propio “Tolle lege”.
Un rato al día.
Un libro.
Silencio.
Y tú.
Nada más.
Nada menos.
Y luego ya decides el siguiente paso.
De Mago More.