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Bienvenid@s a este espacio dedicado a mi lengua materna a la que tanto amo. También a la literatura en castellano.

Llevo enseñando estas materias, disciplinas, artes...
largo tiempo, compaginando ésto con mis otras actividades profesionales, tanto terapéuticas como artísticas.

Asimismo imparto clases privadas de español para extranjeros, también como lectora.

Además, trabajo con gente de todas las edades que tengan dificultades con "Técnicas de expresión, oral y escrita" y "Técnicas de estudio".
Y para todos aquellos que, sin tener ese tipo de "dificultades", necesiten de una "ayuda" para mejorar en estos aspectos.

Incluso ayudo profesionalmente a preparar exposiciones en público, por ejemplo, de trabajos de fin de carrera, ponencias, etc. Además de trabajar como coach para particulares y empresas.

Realizo trabajos de excelente calidad, encargos, correcciones ortográficas y de estilo; titulo, asesoro para marketing de portadas, incluso las diseño, etc.

Creo poemas, dedicatorias, cartas, relatos, canciones... por encargo, totalmente personalizadas, para que a un ser querido le hagas un original precioso regalo... que nadie más tendrá...

Incluso puedes disfrutar de mis exclusivos talleres de escritura: "Taller de escritura y creación literaria" y "Taller de escritura creativa terapéutica".

Si estás intersad@ en cualquiera de estos servicios -y algunos más- que ofrezco en la actualidad, contacta conmigo en: aprendocastellanoconanna@gmail.com o en ananda.anagarcia@gmx.es

Te espero siempre aprendiendo a crear lo mejor.
Con amor.
Anna.

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"Deprisa, deprisa pensadores. Haced respirar al género humano. Volcad esperanza, volcad ideal. Hacedlo bien".

Victor Hugo.

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DESDE LA VENTANA DE MI CORAZÓN.

viernes, 15 de abril de 2016

Auld lang syne.



                                       Celtic Woman 

Escuchad esta preciosa canción escocesa -de por muchos conocida- para celebrar los viejos buenos tiempos.
Normalmente no suelo poner en este blog dedicado al aprendizaje del español cositas en otros idiomas pero... esta honrosa excepción de hoy viene al caso por la bella traducción que tiene al castellano desde la tradicional versión escocesa.

¿Deberían olvidarse las viejas amistades
y nunca recordarse?
¿Deberían olvidarse las viejas amistades
y los viejos tiempos?
ESTRIBILLO:
Por los viejos tiempos, amigo mío,
por los viejos tiempos:
tomaremos una copa de cordialidad
por los viejos tiempos.
Los dos hemos correteado por las laderas
y recogido las hermosas margaritas,
pero hemos errado mucho con los pies doloridos
desde los viejos tiempos.
ESTRIBILLO
Los dos hemos vadeado la corriente
desde el mediodía hasta la cena,
pero anchos mares han rugido entre nosotros
desde los viejos tiempos.
ESTRIBILLO
Y he aquí una mano, mi fiel amigo,
y danos una de tus manos,
y ¡echemos un cordial trago de cerveza
por los viejos tiempos!.
ESTRIBILLO

He aquí otra versión con subtítulos en castellano:

 Se dice que esta bella melodía fue el último himno cantado en e legendario supercontinente de Lemuria, según la historia varios sacerdotes de dicho lugar decidieron cantar esta canción para calmar el miedo de la gente ante el cataclismo del hundimiento del mismo ya que si no lo hacían las personas que perecieren ahí herirían sus almas con tal cantidad de pánico y les costaría gran cantidad de reencarnaciones sanar tales heridas, los sacerdotes cantaron hasta que el agua les llegó hasta la boca según se cuenta.

Leyendas... Historias... ¿?¡!






miércoles, 13 de abril de 2016

La siesta del martes por Gabriel Gª Márquez.

Gabriel García Márquez
(Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014)


La siesta del martes
Los funerales de la Mamá Grande (1962)


         El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la brisa del mar. Una humareda sofocante entró por la ventanilla del vagón. En el estrecho camino paralelo a la vía férrea había carretas de bueyes cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, en intempestivos espacios sin sembrar, había oficinas con ventiladores eléctricos, campamentos de ladrillos rojos y residencias con sillas y mesitas blancas en las terrazas entre palmeras y rosales polvorientos. Eran las once de la mañana y todavía no había empezado el calor.
         —Es mejor que subas el vidrio —dijo la mujer—. El pelo se te va a llenar de carbón.
         La niña trató de hacerlo pero la ventana estaba bloqueada por el óxido.
         Eran los únicos pasajeros en el escueto vagón de tercera clase. Como el humo de la locomotora siguió entrando por la ventanilla, la niña abandonó el puesto y puso en su lugar los únicos objetos que llevaban: una bolsa de material plástico con cosas de comer y un ramo de flores envuelto en papel de periódicos. Se sentó en el asiento opuesto, alejada de la ventanilla, de frente a su madre. Ambas guardaban un luto riguroso y pobre.
         La niña tenia doce años y era la primera vez que viajaba. La mujer parecía demasiado vieja para ser su madre, a causa de las venas azules en los párpados y del cuerpo pequeño, blando y sin formas, en un traje cortado como una sotana. Viajaba con la columna vertebral firmemente apoyada contra el espaldar del asiento, sosteniendo en el regazo con ambas manos una cartera de charol desconchado. Tenia la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza.
         A las doce había empezado el calor. El tren se detuvo diez minutos en una estación sin pueblo para abastecerse de agua. Afuera, en el misteriosos silencio de las plantaciones, la sombra tenía un aspecto limpio. Pero el aire estancado dentro del vagón olía a cuero sin curtir. El tren no volvió a acelerar. Se detuvo en dos pueblos iguales, con casas de madera pintadas de colores vivos. La mujer inclinó la cabeza y se hundió en el sopor. La niña se quitó los zapatos. Después fue a los servicios sanitarios a poner en agua el ramo de flores muertas.
         Cuando volvió al asiento la madre le esperaba para comer. Le dio un pedazo de queso, medio bollo de maíz y una galleta dulce, y sacó para ella de la bolsa de material plástico una ración igual. Mientras comían, el tren atravesó muy despacio un puente de hierro y pasó de largo por un pueblo igual a los anteriores, sólo que en éste había una multitud en la plaza. Una banda de músicos tocaba una pieza alegre bajo el sol aplastante. Al otro lado del pueblo en una llanura cuarteada por la aridez, terminaban las plantaciones.
         La mujer dejó de comer.
         —Ponte los zapatos—dijo.
         La niña miró hacia el exterior. No vio nada más que la llanura desierta por donde el tren empezaba a correr de nuevo, pero metió en la bolsa el último pedazo de galleta y se puso rápidamente los zapatos. La mujer le dio la peineta.
         —Péinate —dijo.
         El tren empezó a pitar mientras la niña se peinaba. La mujer se secó el sudor del cuello y se limpió la grasa de la cara con los dedos. Cuando la niña acabó de peinarse el tren pasó frente a las primeras casas de un pueblo más grande pero más triste que los anteriores.
         —Si tienes ganas de hacer algo, hazlo ahora —dijo la mujer—. Después, aunque te estés muriendo de sed no tomes agua en ninguna parte. Sobre todo, no vayas a llorar.
         La niña aprobó con la cabeza. Por la ventanilla entraba un viento ardiente y seco, mezclado con el pito de la locomotora y el estrépito de los viejos vagones. La mujer enrolló la bolsa con el resto de los alimentos y la metió en la cartera. Por un instante, la imagen total del pueblo, en el luminosos martes de agosto, resplandeció en la ventanilla. La niña envolvió las flores en los periódicos empapados, se apartó un poco más de la ventanilla y miró fijamente a su madre. Ella le devolvió una expresión apacible. El tren acabó de pitar y disminuyó la marcha. Un momento después se detuvo.
         No había nadie en la estación. Del otro lado de la calle, en la acera sombreada por los almendros, sólo estaba abierto el salón de billar. El pueblo flotaba en calor. La mujer e y la niña descendieron del tren, atravesaron la estación abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presión de la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra.
         Eran casi las dos. A esa hora, agobiado por el sopor, el pueblo hacía la siesta. Los almacenes, las oficinas públicas, la escuela municipal, se cerraban desde las once y no volvían a abrirse hasta un poco antes de las cuatro, cuando pasaba el tren de regreso. Sólo permanecían abiertos el hotel frente a la estación, su cantina y su salón de billar, y la oficina del telégrafo al lado de la plaza. Las casas, en su mayoría construidas sobre el modelo de la compañía bananera, tenían las puertas cerradas por dentro y las persianas bajas. En algunas hacía tanto calor que sus habitantes almorzaban en el patio. Otros recostaban un asiento a la sombra de los almendros y hacían la siesta sentados en plena calle.
         Buscando siempre la protección de los almendros, la mujer y la niña penetraron en el pueblo sin perturbar la siesta. Fueron directamente a la casa cural. La mujer raspó con la uña la red metálica de la puerta, esperó un instante y volvió a llamar.
         —Necesito al padre —dijo.
         —Ahora está durmiendo.
         —Es urgente —insistió la mujer.
         —Sigan —dijo, y acabó de abrir la puerta.
         La mujer de la casa las condujo hasta un escaño de madera y les hizo señas de que se sentaran. La puerta del fondo se abrió y esta vez apareció el sacerdote limpiando los lentes con un pañuelo.
         —Que se les ofrece? —preguntó.
         —Las llaves del cementerio —dijo la mujer.
         —Con este calor —dijo—. Han podido esperar a que bajara el sol. La mujer movió la cabeza en silencio. El sacerdote pasó del otro lado de la baranda, extrajo del armario un cuaderno forrado de hule, un plumero de palo y un tintero, y se sentó a la mesa. El pelo que le faltaba en la cabeza le sobraba en las manos.
         —Que tumba van a visitar? —preguntó.
         —La de Carlos Centeno —dijo la mujer.
         —Quién?
         —Carlos Centeno —repitió la mujer.
         El padre siguió sin entender.
         —Es el ladrón que mataron aquí la semana pasada —dijo la mujer en el mismo tono—. Yo soy su madre.
         —De manera que se llamaba Carlos Centeno —murmuró el padre cuando acabó de escribir.
         —Centeno Ayala —dijo la mujer—. Era el único barón.
         —Firme aquí.
         La mujer garabateó su nombre, sosteniendo la cartera bajo la axila. La niña recogió las flores, se dirigió a la baranda arrastrando los zapatos y observó atentamente a su madre.
         El párroco suspiró.
         —Nunca trató de hacerlo entrar por el buen camino?
         La mujer contestó cuando acabó de firmar.
         —Era un hombre muy bueno.
         El sacerdote miró alternativamente a la mujer y a la niña y comprobó con una especie de piadoso estupor que no estaban a punto de llorar.
         La mujer continuó inalterable:
         —Yo le decía que nunca robara nada que le hiciera falta a alguien para comer, y él me hacía caso. En cambio, antes, cuando boxeaba, pasaba tres días en la cama postrado por los golpes.
         —Se tuvo que sacar todos los dientes —intervino la niña.
         —Así es—confirmó la mujer—. Cada bocado que comía en ese tiempo me sabía a los porrazos que le daban a mi hijo los sábados a la noche.
         —La voluntad de Dios es inescrutable —dijo el padre.
         Desde antes de abrir la puerta de la calle el padre se dio cuenta de que había alguien mirando hacia adentro, las narices aplastadas contra la red metálica. Era un grupo de niños. Cuando la puerta se abrió por completo los niños se dispersaron. Suavemente volvió a cerrar la puerta.
         —Esperen un minuto —dijo, sin mirar a la mujer.
         Su hermana apareció en la puerta del fondo, con una chaqueta negra sobre la camisa de dormir y el cabello suelto en los hombros. Miró al padre en silencio.
         —¿Qué fue? —preguntó el.
         —La gente se ha dado cuenta —murmuró su hermana.
         —Es mejor que salgan por la puerta del patio —dijo el padre.
         —Es lo mismo —dijo su hermana—. Todo el mundo está en las ventanas.
         La mujer parecía no haber comprendido hasta entonces. Trató de ver la calle a través de la red metálica. Luego le quitó el ramo de flores a la niña y empezó a moverse hacia la puerta. La niña siguió.
         —Esperen a que baje el sol —dijo el padre.
         —Se van a derretir —dijo su hermana, inmóvil en el fondo de la sala—. Espérense y les presto una sombrilla.
         —Gracias —replicó la mujer—. Así vamos bien.
         Tomó a la niña de la mano y salió a la calle.


Fuente: http://www.literatura.us/garciamarquez/siesta.html
(Con correcciones ortográficas mías).

viernes, 8 de abril de 2016

Sabias palabras.


                   Debemos aprender a expresarnos con la mayor claridad posible.
              
               


   De la película "Explendor en la hierba" basada en la "Oda a los himnos de la inmortalidad," obra escrita por William Wordsworth.

http://desdelaventanademicorazon.blogspot.com.es/2016/04/oda-la-inmortalidad.html




miércoles, 30 de marzo de 2016

jueves, 26 de noviembre de 2015

Si tienes fe.


                                    Si tienes fe.
                                    When you believe - castellano y subtitulada.



(En castellano, sin subtítulos).


Publicado el 18 feb. 2013
SI TIENES FE - El Príncipe de Egipto.


Cada noche oré,
no sé si alguien me escuchó,
en el alma un canción
que nunca entendí.
No hay miedo en mi interior,
aunque haya tanto que temer.
Moverás montañas
porque en ti está el poder.

Habrá milagros hoy si tienes fe,
la ilusión no ha de morir.
Un gran milagro hoy al fin veré.
Si tienes fe lo lograrás.
Podrás si tienes fe.

Malos tiempos son
ni la oración ayuda ya.
La esperanza puede huir
cual pájaro y volar,
mas hoy yo sigo aquí
creciendo en gozo y en amor,
con la fe y la devoción
que nunca imaginé.

Habrá milagros hoy si tienes fe,
la ilusión no ha de morir.
Un gran milagro hoy al fin veré.
Si tienes fe lo lograrás,
podrás si tienes fe.

Ashira l'adonai ki gaoh ga-ah,
Ashira l'adonai ki gaoh ga-ah,
Mi chamocha baelim adonai,
Mi kamocha nedar bakodesh
Nachita v'chas-d'cha am zu ga-alta
Nachita v'chas-d'cha am zu ga-alta,
Ashira ashira ashira

Ashira l'adonai ki gaoh ga-ah,
Ashira l'adonai ki gaoh ga-ah,
Mi chamocha baelim adonai,
Mi kamocha nedar bakodesh
Nachita v'chas-d'cha am zu ga-alta
Nachita v'chas-d'cha am zu ga-alta,
Ashira ashira ashira

Habrá milagros hoy si tienes fe,
la ilusión no ha de morir.
Un gran milagro hoy
al fin veré.
Si tienes fe lo lograrás, lograrás.
Podrás si tienes fe, si tienes fe.
Podrás si tienes fe.

lunes, 12 de octubre de 2015

¡¡Feliz día del Pilar y de la Hispanidad 2015!!

                                                   ¡¡Feliz día del Pilar y de la Hispanidad 2015 para tod@s!!

miércoles, 17 de junio de 2015

"Blackfish".


    Interesante documental. Puedes verlo a través de:

                 http://lavozdelamadretierra.blogspot.com.es/2015/06/blackfish.html

Como siempre, además de para aprender idiomas, para tomar consciencia...
 por el bien de nuestra Madre Tierra.

martes, 5 de mayo de 2015

Aprender idiomas es bueno para la salud.

Conocer lo que sucede en el cerebro cuando aprendemos un segundo idioma es una tarea fascinante en la que los neurocientíficos llevan años sumergidos. Uno de los primeros aspectos que observaron sobre este fenómeno fue que los niños que aprenden una segunda lengua incorporan ambos idiomas en la misma región, mientras que los adultos tenemos que emplear otra zona adyacente para la nueva tarea. Y las pruebas apuntan a que conocer un segundo idioma - al formar parte de la reserva cognitivia -retrasa los síntomas de enfermedades degenerativas como el alzhéimer.
La última aproximación a estos cambios la han hecho un equipo de investigadores de la Universidad de Umeå, en Suecia, quienes acaban de estudiar lo que pasaba en el cerebro de 853 personas durante tres meses en los que aprendieron un idioma de forma intensiva. Para observar lo que sucedía en sus neuronas, los científicos tomaron imágenes con resonancia magnética funcional al principio y al final del proceso y compararon los resultados.
Según revelan en la prestigiosa revista Neuroimage, el equipo de Johan Mårtensson observó que los cerebros de aquellas personas que habían aprendido el idioma con menos dificultad había aumentado de tamaño en determinadas zonas como el hipocampo y otras tres áreas de la corteza cerebral. "Nos sorprendió que diferentes partes del cerebro se desarrollaran en distintos grados dependiendo de lo bien que se les hubiera dado a los estudiantes y cuánto esfuerzo hubieran puesto durante el curso", asegura Mårtensson. Los estudiantes que tenían problemas con el idioma, por el contrario, presentaban cambios en un área de la corteza motora, relacionada con el movimiento.
Una parte interesante de este trabajo es que apunta a que podría haber diferencias morfológicas entre aquellos que aprenden un idioma como esponjas y los que lo tienen que dejar por imposible. En trabajos anteriores, como cuentan en The Guardian, se ha visto cómo los japoneses, por ejemplo, tienen una dificultad extrema a la hora de distinguir fonemas como la L y la R, puesto que deben reconfigurar sus conexiones neuronales. Conociendo estas dificultades, se han podido diseñar programas que exageran mucho las diferencias en los sonidos y ayudan a superar esta dificultad a los estudiantes.
Otros trabajos, como el de Kara Morgan-Short, han servido para comprobar que los adultos también pueden aprender un idioma por inmersión, como sucede con los niños, y para acabar con otros lugares comunes o equívocos sobre el aprendizaje de idiomas. Mediante este tipo de estudios, aseguran los autores, se pueden conocer mejor los cambios cerebrales que produce una segunda lengua y diseñar estrategias para hacerlo más fácil.

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